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Día del obstetra 2018, por Beltrán Lares

Día del obstetra 2018, por Beltrán Lares

Beltrán Lares

¿Por qué escogí ser obstetra?

Reflexioné sobre esta pregunta que me hicieron muchas veces. Después de 31 años de ejercicio de la obstetricia aún lo hago.

Me atrajo la oportunidad de acercarme a los misterios y recodos del cuerpo femenino. Estos se encontraban lejanos a mí por una inconveniente timidez de adolescente y hombre joven atenazado por las hormonas cada vez que una cintura de mujer desenfadada invitaba a mi deseo dejándome bizco y hambriento.

Cuando empecé mis pasantías de pregrado en sala de partos, de la mano de la recién graduada doctora Anabela (perdidamente enamorada de mi compañero de estudios), me sentí útil y cómodo entre líquidos amnióticos, tapones mucosos y resbalosos bebés que atajaba con emoción de aprendiz. La acompañé gozoso en muchas guardias de trasnochos voluntarios. Mi tío político, el Dr. Camilo Perfetti, reconocido profesor de la cátedra de obstetricia y jefe de la sala de partos, se encargó de bajarme los humos de la arrogancia que ya internalizaba sin resistencia. En una clase magistral nos señalaba a los neófitos con su sonrisa burlona que debíamos estudiar más y dejar de ser “tontos útiles” en incontables guardias llenas de partos eutócicos. Esa maravillosa sala de partos compartida con Anabela me marcó para siempre. Me encontré perdidamente atrapado y sin remedio. El anzuelo de la obstetricia se me hizo dulce e intenso y supe como el pez ensartado que ya no regresaría al agua nunca más.

El olor de la muerte, el asco y el mareo con que el cadáver casi me tumba aturdido con la náusea al estrenar mi primera autopsia, me confirmó que el camino era otro: el camino de la vida opuesto al de la enfermedad y la muerte.

La arrogancia crecía. El poder otorgado y reconocido por todos al ser “el padre de muchos niños”, “el experto salvador de neuronas y vidas” me envolvió con su manto social durante la residencia y al terminar el postgrado. Ya investido y coronado con un título semejante el pedestal me pertenecía por mérito propio.

Años después vino el nacimiento de mi primogénita, Isadora. El parto en agua de Isabel después de una cesárea, luciendo Diosa ante todos, me resultó un impulso más para esa arrogancia que la experiencia nutría engañosamente. Duró poco. Cuatro años después muere Simon, hijo amado, en el vientre de su madre. En pleno trabajo de parto su vida se detiene ahogado por esa fatídica circular del cordón ante quienes lo esperábamos llenos de ilusión. Muere sin que pueda hacer nada para salvarlo. Ese hermoso bebé me enseñó con lágrimas, dolor y fuego a bajar la cabeza ante el verdadero poder: ¿Dios? ¿El destino? ¿Naturaleza? ¿Karma? ¿Qué?

Como obstetra sentí desplomarse el templo del conocimiento y del saber, construido con estudio y esfuerzo incansable. La ciencia me hizo trampa. La arrogancia me puso una zancadilla ineludible que me hizo caer duro. Muy duro.

Lágrimas, terapia individual y de grupo. Lágrimas, escribir y llorar. Llorar con Isa y llorar solo. Llorar con el reloj y volver a llorar solo. Y llorar de alegría con las madres y sus bebés recién nacidos en partos respetados sumergidos en las hormonas del amor. Lágrimas de alegría ante el nacimiento humanizado dónde el momento sagrado ocurre y me muestra una y otra vez con absoluta certeza que el maravilloso milagro ocurre todos los días, no el día del obstetra nada más.

Y mi reflexión continúa…

Buenos Aires.

.3 de Abril del 2018

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